
¿Por qué sometemos a nuestros calentadores de baño a pruebas extremas?
Seamos honestos: los baños son un verdadero infierno para los dispositivos electrónicos. Un minuto hace frío extremo, y al siguiente, la habitación se llena de vapor. Existe un alto nivel de humedad y las gotas de agua caen por todas partes. Es un entorno realmente hostil.
Cuando se trata de lámparas infrarrojas montadas en el techo, esperar lo mejor no es una estrategia válida. Por eso, sometemos nuestros calentadores a pruebas de envejecimiento en condiciones de alta humedad mucho antes de que salgan al mercado.
La batalla contra la humedad
El problema es que la humedad siempre encuentra la manera de entrar. El vapor de agua se cuela entre los sellos y se acumula sobre el cristal de cuarzo o en las conexiones eléctricas. Luego, al encender la lámpara, esta alcanza temperaturas muy altas en cuestión de segundos, y la humedad se evapora al instante. Esto representa un gran impacto para el sistema electrónico.
Si esto ocurre varias veces, el sello entre el cristal y los cables metálicos comienza a fallar. Una vez que ese sello se rompe, el oxígeno entra en contacto con los componentes, lo que provoca que el filamento de tungsteno se destruya. En ese momento, el calentador ya no funciona más.
Cómo probamos realmente los calentadores
No nos limitamos a rociarlos con agua. Sometemos los calentadores a pruebas en cámaras con alta humedad, manteniendo las temperaturas elevadas durante cientos de horas. De este modo, forzamos a los materiales a expandirse y contrayéndose una y otra vez. Buscamos signos de deterioro en el aislamiento o de óxido en las conexiones. También vigilamos atentamente las corrientes de fuga, ya que lo último que queremos es que el interruptor GFCI se active cada vez que tomamos una ducha.
Si una lámpara no puede resistir 500 horas de estas condiciones extremas, entonces no debería estar en su casa durante los próximos cinco años.
Los compromisos necesarios
Para lograr esto, utilizamos juntas especiales y reflectores recubiertos para evitar la corrosión. Así, obtenemos lámparas que no parpadean ni se dañan después de un mes de uso.
Pero hay un pequeño inconveniente: debido a que estos sellos son muy herméticos, la distribución del calor es algo diferente a la que se observa en las lámparas industriales de estructura abierta. Pero, honestamente, estamos dispuestos a hacer ese sacrificio siempre que sea necesario.
La seguridad en espacios húmedos es algo indispensable. Es mejor tener una distribución del calor ligeramente diferente, que arriesgarse a tener un calentador que deje de funcionar justo cuando uno está debajo de él.